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Carlos: la inseguridad y el miedo al ridículo. Un padre maltratador.

Desde mi adolescencia siempre he tenido mucho miedo al ridículo, siempre me ha gustado pasar desapercibido por los sitios, que no se notara mi presencia.  En su mayoría provocado por complejos o inseguridades. Era muy callado salvo con mis verdaderos amigos, y siempre he sido reacio a contar cosas de mí y a conocer  gente nueva.

El miedo a meter la pata  y que la gente pensara “menudo idiota”, ha sido una constante en mi vida. Siempre he tenido claro que el origen de todos esos problemas había sido mi padre. Desde muy niño recuerdo que la convivencia familiar era desastrosa, mi padre llegaba enfadado del trabajo y discutía con mi madre por cualquier tontería. Gritos,  golpes contra objetos, burlas,…

De muy niño recuerdo que lloraba al ver a mi padre peleando con mi madre, y mi padre siempre me lo recriminaba “¿Y tú por qué lloras? Normalmente yo me callaba y no decía nada. Creo que la única vez que dije “¡para papá! ¡Para papá! …” Fue un día que en la cocina mi padre tenía agarrada por el cuello a mi madre como intentando estrangularla. Recuerdo que cuando la soltó, mi madre salió por el pasillo y dio un portazo que rompió todos los cristales de la puerta de la calle. Aquel día fui a buscarla por las calles del pueblo por donde salió llorando a despejarse, y volvimos a casa.

Llegar feliz y contento de una excursión, o de jugar con mis amigos y cambiarme la cara al oír los gritos a una calle de distancia. O que cada cena de Nochebuena o Fin de año, acabara a gritos o con mi madre cenando en la cocina, por no aguantarle, eran el pan nuestro de cada día.

Muchos de esos días y aun siendo solo un niño pequeño deseaba que mi padre se muriera. No por el hecho de que quisiera verlo muerto, sino porque no quería que volviera a casa. Quería que fuéramos una familia feliz con mi madre y hermana, sin tener miedo a nadie, y poder vivir tranquilos.

Reconocía el sonido del coche de mi padre, al llegar del trabajo, a dos calles de distancia y era el momento de “se acabó la diversión”. Si estaba contando chistes o haciendo el payaso con mi madre y hermana, todo se acababa. Me sentaba serio en el sofá a ver la tele, o me metía en la habitación, y me convertía en alguien más frio y serio.

Puedo decir que jamás me puso la mano encima, pero siempre desaprobaba lo que hacía. He sido buen estudiante, buen hijo, no me metía en líos,… pero siempre tenía que ponerme de ejemplo a fulanito o menganito. Daba igual que fulanito o menganito fueran los maleantes del pueblo, siempre tenían alguna cualidad que yo no tenía.

Con toda esta situación aprendí a aislarme mentalmente de sus comentarios, de sus broncas o de sus opiniones.  Siempre tuve claro que no teníamos nada que ver el uno con el otro. Así que podía decirme lo que quisiera, que por dentro, yo pensaba lo que me daba la gana. Me encerré en mi propio mundo.

A la mínima que pude me fui de casa, no fue ni en las mejores condiciones ni circunstancias, pero por suerte y con mucho esfuerzo pude salir adelante, ir progresando en los trabajos, estudiar una carrera, y pude llevar una vida normal.

Mi relación con él continuó como siempre, como si nunca hubiera pasado nada, hablando de temas superfluos como el deporte o la televisión,…

A pesar de llevar una vida normal, y de ser una persona inteligente, muy perfeccionista y exigente conmigo mismo, siempre he tenido ese miedo al ridículo, especialmente ante grupos de gente. Miedo a hablar en público, a caerme o decir algo que pudiera provocar risas ante otras personas y pensaran “que tonto”.

Tras el verano del año 2012, decidí acudir a un psicólogo.  Por  varios motivos. En aquel año mi padre había sido operado dos veces de un cáncer  que superó. Mi familia estaba muy afectada, lloraba,.. y yo jamás solté una lágrima, ni siquiera sentí debilidad o tristeza. Y aunque no quería que le pasara nada malo, no sentía las cosas que se supone que un hijo debe sentir por su padre. Esto me hacía tener sentimientos de culpabilidad o de ser un mal hijo.

A esto se unieron acontecimientos familiares a los que tenía que asistir, y un nuevo trabajo con más responsabilidad en el que tenía que enfrentarme a reuniones diariamente.

Eso unido al hecho de que mi economía había mejorado, me decidió a dar el paso a acudir a un psicólogo, y fue cuando buscando por Internet encontré a Dácil, en cuya web hablaba sobre mi problema.

La primera sesión…

Recuerdo que en la primera sesión estaba bastante asustado, pues jamás había hablado de este problema con nadie. Pero Dácil me hizo sentir muy cómodo, pude sentirme confiado y hablar abiertamente del problema que tenía, y de que creía yo que lo había provocado.

Tras esa primera sesión, vinieron otras en las cuales me hizo preguntas que yo mismo jamás me había hecho. Me planteó el reto de retener que pensaba en esos momentos en los que sentía vergüenza, o falta de confianza.

Me ayudó a ver que el sentimiento de culpabilidad es un sentimiento que no aporta nada. Que no arregla nada, y que tampoco hace que la otra persona se sienta mejor. Me hizo ver que era normal que viviendo lo que yo había vivido con mi padre, que no tuviera esos sentimientos de amor o de afecto que un hijo en condiciones normales siente hacia su padre. Que cada uno crea sus afectos en función de cómo ha vivido la vida, y de cómo le han tratado las distintas personas. No hay normas, ni reglas hechas.

La situación de exigencia y críticas constantes de mi padre, hizo que me convirtiera en una persona muy autoexigente, buscando siempre la perfección, y siendo muy duro cuando algo no me salía al nivel que yo creía que podía dar.

Dácil me ayudo a ver que esa exigencia y dureza que empleaba hacia mí, no la empleaba con los demás. Que con los demás era mucho más transigente, comprensivo, y que porque alguien se equivocara o hiciera algo mal, en ningún momento yo pensaba que esa persona era tonta. Algo que si hacía conmigo mismo, y que yo ponía en la mente de los demás.

Lo más difícil..

Lo más difícil del proceso fue el enfrentarse a situaciones  que me daban pánico. Lo difícil del proceso es que eres tú el que tiene que enfrentarse a las situaciones. No llegas a la consulta, te dan dos pastillas y sales curado. Requiere que te enfrentes y vivas esas situaciones que te dan miedo o te causan frustración. Eso sí, te enfrentas con más herramientas, con más recursos, y sobre todo con la idea de que salga bien o mal, lo has intentado y has avanzado.

Pero requiere esfuerzo y valor por tu parte

Lo más positivo…

Las cosas más positivas que he obtenido con la terapia, son el no tener o al menos reducir el sentimiento de culpabilidad que tenía en muchos momentos. Siempre he sentido culpabilidad por no tener sentimientos favorables, de amor, o los sentimientos que se supone que tiene que tener un hijo hacia su padre.

Otra cosa positiva es que aprendí a no ser tan duro y exigente conmigo mismo. Sobre todo porque yo no soy así de exigente con los demás, solo lo soy conmigo mismo. Por lo tanto pensar que la gente no piensa lo que yo creo que están pensando.

Situaciones tan tontas para otras personas, como que llegara mi turno en la caja del supermercado, o pagar en un peaje de autopista, para mi suponían un gran estrés para intentar hacerlo todo súper rápido y que los que estaban detrás de mí, no tuvieran que esperar mucho. Meter los artículos muy rápido en las bolsas,  o tener el dinero preparado en el peaje, eran normas básicas para mí. Intento vivir esas situaciones de forma más tranquila y relajada.

He aprendido a abrirme más a los demás. A contar cosas de mí, sin miedo a ser juzgado. Y a expresar mejor mis emociones o sentimientos.

Durante la terapia aprendí a no evitar situaciones, a enfrentarme a ellas. Aprendí a no anticiparme ni pensar tanto. “Esto va a salir mal, la voy a cagar,…” Aprendí a no ir con ideas preconcebidas, ni a visualizar un mal momento, antes de que sucediera.

Debo aclarar que por circunstancias personales mías, tuve que dejar la terapia antes de tiempo, y antes de poder aprender técnicas nuevas que me ayudaran a rehabilitarme completamente. Pero si puedo decir, que gracias a Dácil aprendí a ver el camino a seguir, pues al final estas cosas requieren voluntad y trabajo de uno mismo.

La inseguridad que tenía en reuniones de trabajo, o el sentimiento de culpabilidad que tenía en tantas ocasiones se ha reducido muchísimo y en algunos casos han desaparecido totalmente.

Tras la terapia, el año 2013 fue un año diferente a los anteriores, un año donde por diversas circunstancias estuve más en contacto con mi lado emocional. Con lo bueno y malo que eso conlleva.

Aún recuerdo cuando a finales del 2012 oí en la radio una pregunta que le hacían a un personaje: ¿Cual ha sido tú mejor y peor momento este año? Me quedé pensando  y en mi caso, no pude destacar un momento que pudiera considerar como muy bueno o como malo. Realmente ahí te das cuenta de la vida plana que llevas. Está bien porque no sufres, pero tampoco disfrutas la vida.

Si me hicieran esa pregunta hoy, sabría identificar perfectamente los momentos buenos y malos del 2013.

Puedo decir que he sentido emociones y diversión. Que he competido deportivamente, que he sentido placer y dolor. Que he llorado de tristeza, pero también de risa. Puedo decir que me he enamorado, que he sentido celos, frustración… He podido notar que mi corazón estaba ahí, y que no estaba muerto por dentro como había llegado a pensar en algunos momentos antes de la terapia.

Pero sobre todo puedo decir que he aprendido a aceptarme como soy, a quererme y a tratarme con el mismo cariño y respeto, con el que siempre trato a la gente que me rodea.

Por eso si alguien lee esto y se siente identificado con mi problema o con otro, le recomiendo que se ponga en manos de un profesional y que intente liberarse de esas cargas que llevamos por dentro. Fuera prejuicios e igual que vamos al fisioterapeuta a que acondicione nuestro cuerpo, a veces por muy duros de mente que seamos, necesitamos que alguien externo, un profesional que conoce los entresijos del pensamiento, nos ayude a superar nuestros problemas.

Gracias Dácil.

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